Intento avanzar, sin saber aún si seguiré aquí. Leo, releo, escribo, analizo, me desespero. Cualquier palabra me detiene. Y, por muy extraña que parezca, encuentro en ella el eco de algún recuerdo. Más gata que nunca si creyera en la leyenda popular. De todas las vidas que he iniciado, ésta es sin duda la más ajena a todo lo que alguna vez fui o creí ser. Mis posaderas en el vacío. Ladrillo a ladrillo, torpemente, la construyo, sin instrucciones ni sentido alguno.
El frío se cuela por todas partes.
Esa manía de ser tan indecisa para unas cosas, tan impulsiva para otras.
Entre trastos, letras, espacios extraños y mucho silencio, aquí sigue, a mi lado. Las fuerzas ya no son las mismas, pero es empecinada. La niña que se asombraba cuando en un mundo que sentía más bien hostil, descubría la magia en resquicios cotidianos. Una magia herida, pero llena de una belleza difícil de describir.
Mis ojos ahora no brillan, si alguna vez lo hicieron. Por ahora, es difícil la magia. Porque aquí es difícil respirar. O saltar de alegría de loseta en loseta. O decir lo que una piensa. Soy el arquetipo de una novata inepta y bastante bocazas que debe conocer, como está mandado, todo lo que se sufre cuando se inicia una experiencia de este tipo.
Nadie me conoce y, por lo tanto, nadie me quiere como se quiere a alguien a quien conoces. Supongo que al contrario pasa lo mismo.
Todo el equipaje de las consecuencias de mi decisión lo tengo aquí, abierto, delante del corazón. Y no sé si colocarlo en los cajones o rehacerlo para marchar, una vez más.
