Me he acostumbrado a estas cuatro paredes,
las persianas echadas, en un minúsculo patio,
donde, a veces, rompe a llorar un niño.
Todo me recuerda a lo que no he sido.
Me envuelvo en mis hábitos de piedra
y así paso una hora, luego otra,
así amanezco, y así pasan los días.
Así fue hasta ayer.
Invisible y verde, implacable,
la hiedra trepó hasta el nudo
y no hay manera de permanecer más tiempo
agazapada.
Aquí estoy, una vez más, lamiendo heridas
que no sé poner en pie.
Lo verde, invisible, vivo, me espera.
Me espera como a un insecto, como a cualquier ser vivo.
Pero ya no me importa.
Es indiferente rendirse como no hacerlo.
Me he acostumbrado a estas cuatro paredes,
las persianas echadas, en un minúsculo patio,
donde, a veces, rompe a llorar un niño.
donde, a veces, rompe a llorar un niño.


